El gran placer de los viajes oceánicos es que, a diferencia de la navegación por un día, a medida que la tierra va quedando atrás, te vas liberando de las tormentas y preocupaciones que te golpeaban en tierra firme, de todas las cosas que deberías de haber llevado a cabo pero has dejado pendientes, de todos los residuos insignificantes y cuestiones superfluas, de tu existencia ordinaria, como si fuera una serpiente que se desprende de su piel seca. Te sientes desempolvado y vivo otra vez. No puedes solucionar ninguno de esos viejos problemas, esa es la pura verdad, por lo que los olvidas y te limitas a ocuparte de la navegación y la vida… porque hacer las cosas bien cuando surcas los mares en un barco es, sencillamente una cuestión de supervivencia.Este prodigio que reduce a las personas a su esencia, se produce cada vez que dejas tierra. Y del mismo modo cuando finalmente la intuyes, te invade una morriña de la misma y misteriosamente, te sientes otra vez ansioso por pisarla y dispuesto a sumergirte de nuevo en ese atosigante lodazal de preocupaciones.



