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LEYENDO MAR (El hombre y el mar)


¿Y que si soy del mar, si él me trae y me lleva y me conoce y no le tengo miedo? No te fíes de mí, ya te lo aviso, ni me eches la culpa de mis mareas altas ni de mis remolinos o resacas. No tiene explicación, ni se la busques, el oleaje libre de la vida, que le vamos a hacer, eso no se controla. Si dices tú que la pasión te ha hecho perder la libertad, es que no conoces la pasión por la libertad misma.

Carmen Martin Gaite   La reina de las Nieves, 1994

LEYENDO MAR (Las noches en la mar) 1

Dedicado a la intrépida bucanera que recien ascendida a Capitana de su alma, ha arriado su Jolly Roger y dice llamarse Mar.


Maravillosa noche sobre el atlántico. Esta hora que va desde el sol ya oculto a la luna que apenas acaba de salir, del oeste todavía luminoso al este ya oscuro. Sí, he amado mucho el mar –esta inmensidad calma – estas estelas cubiertas – estas sendas liquidas. Por primera vez un horizonte a la medida de una respiración de hombre, un espacio tan grande como su audacia. Siempre me he sentido escindido entre mi apetito de seres, la vanidad de la agitación y el deseo de igualarme a estos mares de olvido, a estos silencios desmesurados que son como el hechizo de la muerte. Me gustan las vanidades mundanas, mis semejantes, los rostros, pero junto a la vida mundana tengo una regla propia que es el mar y todo lo que en este mundo se le parece. Oh dulzura de las noches cuando todas las estrellas oscilan y deslizan por encima de los mástiles, y este silencio dentro de mí, este silencio al fin que me libera de todo.


Albert Camus   Diarios de Viaje, 1946

LEYENDO MAR ( Los barcos ) 1


Si, un barco quiere que se lo mime con conocimiento de causa. Uno debe de tratar con comprensiva consideración los misterios de su naturaleza femenina, y entonces el estará a nuestro lado, fielmente, en nuestra incesante lucha contra fuerzas ante las que no avergüenza salir derrotado. Es una relación seria, aquella en la que un hombre vela celosamente por su barco. Este tiene sus derechos igual que si pudiera respirar y hablar; y de hecho hay barcos que, por el hombre que lo merezca, harán cualquier cosa, como dice el refrán, menos hablar.
Un barco no es un esclavo. No hay que forzarlo en una mar gruesa, no hay que olvidar nunca que uno le debe la mayor parte de sus ideas, de su habilidad, de su amor propio. Si uno recuerda esa obligación naturalmente y sin esfuerzo, como si fuera un sentimiento instintivo de su propia vida interior, el barco navegara, aguantara, correrá por uno mientras pueda, o como un ave marina cuando va a reposar sobre las enfurecidas olas, capeara el temporal más fuerte que jamás le haya hecho a uno dudar si viviría lo bastante para volver a ver salir el sol.






Joseph Conrad (El espejo del mar; 1906)

Leyendo mar ( El mar ) 1


El mar fascinara siempre a aquellos en quienes el disgusto de la vida y la atracción del misterio precedieron a los primeros dolores, como un presentimiento de la insuficiencia de la realidad para satisfacerlos. A quienes tienen necesidad de reposo antes de haber sentido todavía alguna fatiga, el mar los consolara, los exaltara vagamente. El mar no lleva como la tierra, las huellas de los trabajos de los hombres y de la vida humana. Nada permanece en el, nada pasa por el sino huyendo, y la estela de los barcos que lo surcan, ¡que rápido se desvanece! De ahí esa gran pureza del mar que las cosas terrestres no tienen. Y esa agua virgen es mucho más delicada que la tierra endurecida donde solo el azadón consigue hacer mella. El paso de un niño sobre el agua abre en ella un surco profundo con un rumor claro, y durante un momento quedan rotos los matices ininterrumpidos del agua; luego todo vestigio se desvanece, y el mar se vuelve calmo como en los primeros días del mundo. Quien este cansado de los caminos de la tierra o que intuya, antes de haberlo intentado, lo áspero y vulgares que son, quedara seducido por las pálidas rutas del mar, más peligrosas y más dulces, inciertas y desiertas. Todo es misterio en ellas, hasta las grandes sombras que a veces flotan serenamente sobre los campos desnudos del mar, sin casa ni umbrías, y que proyectan las nubes, esas aldeas celestes, esas vagas enramadas.
El mar tiene el encanto de las cosas que no callan de noche, que para nuestra vida inquieta son un permiso para dormir, una promesa de que no todo será aniquilado, como la lamparilla de noche de los niños, que se sienten menos solos cuando luce. El mar no está separado del cielo como la tierra, siempre está en armonía con sus colores, se conmueve con sus matices más delicados. Centellea bajo el sol y cada atardecer parece morir con él. Y, cuando el sol ha desaparecido, el mar sigue añorándolo, conservando un poco de su luminoso recuerdo, frente a la tierra uniformemente oscura. Es el momento de sus reflejos melancólicos, y tan dulces que sentimos derretirse nuestro corazón al mirarlos. Cuando casi ha llegado la noche y el cielo esta sombrío sobre la tierra ahora negra, el mar todavía reluce débilmente, no se sabe porque misterio, porque brillante reliquia del día enterrada bajo las olas.
El mar refresca nuestra imaginación porque no hace pensar en la vida de los hombres, sino que alegra nuestra alma, porque, como ella, es aspiración infinita e impotente, impulso continuamente interrumpido por caídas, lamento eterno y dulce. Por eso nos encanta como la música, que no lleva, como el lenguaje, la huella de las cosas, que no nos dice nada de los hombres pero imita los movimientos de nuestra alma. Nuestro corazón, lanzándose con sus olas y volviendo a caer con ellas, olvida así sus propios desfallecimientos, y se consuela en armonía intima entre su tristeza y la del mar, que confunde su destino y el de las cosas.




Marcel Proust  "El mar", Los placeres y los días, 1892

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