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Son las 5 de la tarde, después de honrar a Morfeo con una generosa siesta, decidimos soltar cabos y seguir con nuestro viaje. Nos da un poco de pena dejar esta hermosa ciudad con todo lo que en ella vivimos durante tres días paseando por sus añejas calles, y empapándonos de la magia de sus melancólicos fados mientras cenábamos en las tradicionales tabernas del viejo puerto. Pero el viaje debe continuar sabedores de que nos esperan lugares aun mas maravillosos que la ciudad de los navegantes.
Gobernando la salida del Anduriña con el motor auxiliar y el trapo arriado, vamos dejando atrás la roja de la Doca de Belem que marca la entrada del muelle de recreo, para a continuación pasar pegados a la bellísima Torre del mismo nombre; que a esas horas y con el sol aun alto hace brillar su piedra blanca como si de un perfilado espejo se tratara. Sus almenas y sus baterías a ras de agua nos transportan a tiempos lejanos, donde desde esa misma torre se entablaron feroces combates en defensa de la villa.
El viento del cuarto cuadrante empieza a dejarse notar conforme perdemos el socaire de la costa norte. Más allá, borreguitos blancos por encima de la superficie del mar nos auguran vientos frescos. Decidimos pegarnos bien a la costa para evitar en lo máximo posible el mar de fondo. Izamos todo el trapo y afirmamos bien la botavara de la mayor por sotavento....Al instante la Anduriña escora a sotavento y se pone a navegar firme y veloz como una saeta!..... la corredera empieza a subir rápidamente alcanzando una velocidad de doce nudos. Ella se hace cargo del timón mientras trinco firme las escotas de la Génova, veo su cara que es todo un poema, pero es una mujer valiente y se que será una gran navegante. Sonrió al recordar sus palabras… ¿Y yo seré capaz de subir a bordo de un barco sin ostiarme?
Pasamos a menos de media milla de la impresiónate pared de cabo Espichel, la mar ruge brava al encontrase con ese freno natural, el viento va en aumento y la adrenalina empieza a subir a borbotones hacia el cerebro. Mientras el barco se mantiene con un rumbo firme, trinco mi arnés en la bañera y me siento al lado de ella, la tranquilidad y la satisfacción empiezan a asomar en su rostro.
Después de dos horas de galopada salvaje los vientos empiezan a aflojar y a rolar a Sur anunciando el fin de la borrasca. Preparo la maniobra para navegar de ceñida, el subidon de adrenalina nos dio hambre y nos despachamos rápidamente, dos bocadillos y media botella de Oporto.
La noche pasa rápida, son las tres de la mañana y ella al final se queda totalmente dormida y agotada apoyada en mi hombro, mientras en la proa la potente luz del faro de Cabo San Vicente se empieza a dejar ver en el horizonte.
Y yo, mientras la contemplo, gozo con todos mis sentidos de la mar, del viento en la cara, del calor de esta mujer que duerme tranquila a mi lado y de la libertad total y absoluta...finalizando así esta cuarta singladura a bordo de mi sueño.