¿Soy tan taliban?

Hoy me recriminaba un compañero de trabajo cuatro lustros más joven que yo, mientras nos adentrábamos en el seno de la Bahia de Cadiz y este que suscribe gobernaba la nao totalmente absorto a través de Radio 3, en la voz herida de Billie Holiday mezclada con las pisadas del sumiso “chaston y la liturgia de la navegación.


-Joder Patron, ¿Pero tú no sabes escuchar otra cosa que no sea Jazz?

-Pues mira… Si, oye. Tampoco soy tan talibán. También escucho otras cosas

Y para ejemplo, este regalito que os dejo, que seguro hace tiempo que no lo oíais. Os podría contar muchas cosas sobre el viejo Gilmour (soy la biografía con patas de su pretérito grupo), Pero mejor os dejo escuchárlo.

-Chanclas viejo lobo, hoy échale una guinda al whisky .









*Acordaos de pausar el reproductor de la derecha

Navegando a bordo de un sueño (4ª singladura)

Son las 5 de la tarde, después de honrar a Morfeo con una generosa siesta, decidimos soltar cabos y seguir con nuestro viaje. Nos da un poco de pena dejar esta hermosa ciudad con todo lo que en ella vivimos durante tres días paseando por sus añejas calles, y empapándonos de la magia de sus melancólicos fados mientras cenábamos en las tradicionales tabernas del viejo puerto. Pero el viaje debe continuar sabedores de que nos esperan lugares aun mas maravillosos que la ciudad de los navegantes.
Gobernando la salida del Anduriña con el motor auxiliar y el trapo arriado, vamos dejando atrás la roja de la Doca de Belem que marca la entrada del muelle de recreo, para a continuación pasar pegados a la bellísima Torre del mismo nombre; que a esas horas y con el sol aun alto hace brillar su piedra blanca como si de un perfilado espejo se tratara. Sus almenas y sus baterías a ras de agua nos transportan a tiempos lejanos, donde desde esa misma torre se entablaron feroces combates en defensa de la villa.

El viento del cuarto cuadrante empieza a dejarse notar conforme perdemos el socaire de la costa norte. Más allá, borreguitos blancos por encima de la superficie del mar nos auguran vientos frescos. Decidimos pegarnos bien a la costa para evitar en lo máximo posible el mar de fondo. Izamos todo el trapo y afirmamos bien la botavara de la mayor por sotavento....Al instante la Anduriña escora a sotavento y se pone a navegar firme y veloz como una saeta!..... la corredera empieza a subir rápidamente alcanzando una velocidad de doce nudos. Ella se hace cargo del timón mientras trinco firme las escotas de la Génova, veo su cara que es todo un poema, pero es una mujer valiente y se que será una gran navegante. Sonrió al recordar sus palabras… ¿Y yo seré capaz de subir a bordo de un barco sin ostiarme?

Pasamos a menos de media milla de la impresiónate pared de cabo Espichel, la mar ruge brava al encontrase con ese freno natural, el viento va en aumento y la adrenalina empieza a subir a borbotones hacia el cerebro. Mientras el barco se mantiene con un rumbo firme, trinco mi arnés en la bañera y me siento al lado de ella, la tranquilidad y la satisfacción empiezan a asomar en su rostro.

Después de dos horas de galopada salvaje los vientos empiezan a aflojar y a rolar a Sur anunciando el fin de la borrasca. Preparo la maniobra para navegar de ceñida, el subidon de adrenalina nos dio hambre y nos despachamos rápidamente, dos bocadillos y media botella de Oporto.

La noche pasa rápida, son las tres de la mañana y ella al final se queda totalmente dormida y agotada apoyada en mi hombro, mientras en la proa la potente luz del faro de Cabo San Vicente se empieza a dejar ver en el horizonte.

Y yo, mientras la contemplo, gozo con todos mis sentidos de la mar, del viento en la cara, del calor de esta mujer que duerme tranquila a mi lado y de la libertad total y absoluta...finalizando así esta cuarta singladura a bordo de mi sueño.

Navegando a bordo de un sueño (3ª singladura)

Amanece en Lisboa, me desperezo y subo a cubierta. La vieja ciudad sigue aun dormida mientras las primeras luces se esfuman en "off" entre la penumbra de franela devanada del mezclar del rio con el mar. Y gozo de la calma que te da un barco atracado a su vientre, oyendo solamente el leve crujir del cabo de proa, cada vez que el navío se mece suavemente, y se separá escasos centímetros del pantalán.

Me siento en la bañera de popa pegado al timón. Y observo con los ojos amanecidos y sumergidos en esa legítima satisfacción de aquellos que se han ganado a pulso sus ojeras... allá al fondo, a través del tambucho, en la cabina de proa, esa mujer en cuyo cuerpo me envolví durante toda la noche, como aun sigue abrazáda a sus sueños
Una tenue presión en las ingles me mueve a bajar y seguir besando esa piel; pero esta vez en un interminable abrazo, uno de esos abrazos herméticos y desesperados, en los que apenas caben los protagonistas.
Sin embargo, el fresco amanecer me encandila de nuevo a seguir contemplando un cielo que por alguna extraña razón, hoy me parece aun mas limpio y nítido. Con una brisa surgida de un virazón procedente de la océano que me inyecta en vena directamente el purgante y penetrable olor de la bajamar.... todo eso hace que se zarandee mi testosterona marinera y que esa tensión aumente.

Cierro este cuaderno de Bitácora y apurando una última calada al cigarrillo bajo a la cabina de proa. Mientras lo hago veo sus ojos dormidos; y encuentro probablemente en ellos, el mejor destino que podía darle a una frase escrita en mi cuaderno... Entonces deseo volver a sumergirme en ella tal y como decía mi viejo amigo Ramón en su poema...


-… para revivirme, para volverme a ahogar-.

Navegando a bordo de un sueño (2ª singladura)

En la entrega anterior algún amigo del blog pensó que lo que estaba leyendo era la crónica de un viaje ya realizado. Y quisiera aclarar, que más bien se trata de la cronología de un viaje por formalizar, una mezcla imprecisa de realidad y de ficción. Recordando las cosas por haberlas visto en el reflejo de la superficie de mis sueños, y haberlas tenido grabadas en la somnolencia de mi piel. Aunque lo malo de los sueños, al igual que las noches estoicas y estupefacientes, es que siempre corres el grave riesgo de que amanezca.
Con estas singladuras solo trato de adornar recuerdos, y así de paso ir escribiendo el borrador del epilogo de una vida.

2ª singladura
Son las diez de la mañana, el sol esta alto y sus rayos nos despiertan invadiendo el portillo de proa, solo dormimos cinco horas pues la noche fue larga... si leísteis la singladura anterior es obvio el porqué.
Un baño en las tranquilas y frías aguas de la ría de Aveiro nos devuelven al mundo, un cigarro y un cola-cao caliente nos hacen ser el mundo.
Recogemos el rizon e izamos la Génova, trapo más que suficiente para maniobrar la salida. A la media hora nos encontramos virando a babor y enfilando rumbo sur hacia el siguiente destino… Lisboa.
No hay prisa, solamente 90 millas náuticas nos separan de la ciudad dorada de navegantes y marinos. A media tarde pasamos por los bajos de las Berlingas, y contemplamos fascinados como una numerosa colonia de aves marinas: gaviotas, pardelas, paiños y cormoranes moñudos acaban con un banco de alcrique en un frenético vuelo, un sube y baja plagado de salvajes zambullidas.
Cuando los últimos rayos suspiran en el horizonte, doblamos Cabo raso y viramos al este orientándonos por las luces del faro de Cabo Bugio y de Espichel más al sur.
Al poco empezamos a ver el rosario mágico de luces blancas del puente colgante, el olor y la luz embriagan el alma haciendo que el Anduriña navegue solo y sin viento hacia el pantalán. Atracados y después de una ducha de agua dulce en el club náutico -que buena falta nos hacia-, buscamos un bonito restaurante en la vieja zona portuaria. Y allí, a la luz de una vela dando buena cuenta de un perfecto bacalao a la brasa y de una botella de “viño verde” oímos a lo lejos un acordeón y una rasgada voz cantando un fado. Son músicos ambulantes que se acercan, que nos ven, y la ven, y hay algo en los ojos de ella que hacen que se paren y le dediquen una hipnotizadora canción.
Pensábamos dar un paseo por la vieja ciudad, pero tendrá que ser mañana, algo perentorio y urgente necesita de ser consumado ahora. Así pues caminamos hacia el Anduriña y durante el paseo una fuerza apremiante hace que parezcamos corredores de marcha en vez de nocturnos y relajados paseantes.

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