Ayer fue la luna llena de Julio, y me apetecía rescatar del cajón del cuarto de derrota este escrito para esta nueva plataforma… Espero que os guste.

Llevo veintiséis años en la mar y le podría decir que nunca vi un amanecer, una puesta o una noche estrellada que fuera igual a otra, son muchas las incógnitas y variantes, que entran en tan hermosa ecuación de color y de luz influyendo en su resultado final; desde las exteriores obviamente, hasta las interiores, siendo estas ultimas las que mas peso adquieren. Es tu estado de ánimo o tu sensibilidad al igual que los alcalinos en el revelado de una fotografía los que fijan y resaltan la imagen. Los que hacen que un sol dormido deje de ser un simple “esta rojo de carallo”, a salpicar el cielo de infinitos matices que cubren todo el espectro de color: desde al azul cobalto mas puro, al amarillo cadmio mas calido que uno puede percibir. O los que hacen que una luna llena deje de ser una impostora que roba su luz al sol, una esfera de blanco abstracto sin sangre, a convertirse en pura magia cargada de luz y embrujo...
–precisamente, como la que vengo ahora mismo de contemplar-.
Acabo de entrar en el puente después de estar un buen rato disfrutando de mi hora preferida, y en mi sitio preferido de esta cóncava construcción de chapa y soldaduras. Esa hora en la que toda la tripulación descansa después de un duro trabajo y con ella el barco también, en la que, apagado su motor principal se deja únicamente un pequeño auxiliar que mantenga la corriente a bordo. Hora en la que, el silencio y la quietud suavizan con una dulce y fina capa, nuestras almas de sal. Pero hoy es distinta, especial...es noche de luna llena, o más bien diría: una perfecta noche de luna llena, pues hoy la mar también se encuentra tranquila y relajada... postrada ante tan hermosa señora, y ofreciéndole su manto cual inmenso espejo.
Y si...es paz, el sentimiento que con más poderío recoge el alma del pescador.
Pues cuando la iluminada oscuridad de una noche de luna en la mar adquiere color, y la penumbra adquiere textura...el alma adquiere reposo y sosiego.
Como dije antes tengo un sitio especial para disfrutar de las noches así, y es el punto mas alejado del barco “el pichón de proa”, aquel donde un jovencito DiCaprio hacia volar a través de las olas a una no menos jovencita Kate Winslet en la película de James Cameron “Titanic”.
Allí, en la proa, sentado sobre mi propia soledad y acunado por un levísimo y lejano ronroneo del latir del barco, es donde puedo sentir el roce de la suave marejadilla que acaricia su casco, y es allí donde esa paz, esa quietud y ese sosiego adquieren matices casi místicos para mi cuando son acompañados por el baile de lucecillas doradas y plateadas, que esa luna enorme esparce por la negra superficie abriendo un sendero de luz, desde el horizonte mas lejano e inabarcable hasta el centro mismo del corazón de quien disfruta esos instantes. Son momentos donde entre el embrujo de la luna, el calor de tu cigarrillo y tus propios pensamientos te reconcilias con el entorno hasta fundirte en el, hasta ser parte del atrezzo de ese inmenso y mágico escenario, son momentos donde el marino disfruta de la soledad, ese otro sentimiento que nos acompaña desde el mismo instante que desencapillamos los cabos que nos amarran a ese otro mundo... vuestro mundo.
Hasta para la más diminuta criatura marina, estas noches son mágicas, todas y cada una de ellas suben a contemplar el hermoso espectáculo que ofrece la mar irisada. Dicen los biólogos y científicos que este enorme éxodo de la biomasa marina hacia la superficie, se debe al movimiento de las capas de reflexión...ya sabéis, fitoplancton, zooplancton, y consecuentemente toda la cadena trófica, arrancándole de esta manera con sus teorías, toda su magia y belleza.
Sin embargo a mi me gusta mas pensar poniéndole un pequeño punto romántico a la noche, que lo hacen para cenar a la luz de una vela...! No saben nada estos peces!.
Fredo
En la mar, a 31 de Julio del 2007